Desde la predicción de riesgos hasta la detección temprana de incendios forestales, la inteligencia artificial abre nuevas posibilidades para enfrentar desafíos sociales. Jorge Sabattin, docente del Magíster en Ingeniería Informática de la Universidad Andrés Bello (UNAB), explica sus alcances, limitaciones y la importancia de formar profesionales capaces de desarrollar soluciones tecnológicas confiables.
«Cuando decimos que una inteligencia artificial ‘predice’, no estamos hablando de adivinar el futuro. Lo que hace el sistema es aprender regularidades en datos del pasado y, a partir de ellas, estimar qué tan probable es que algo ocurra en un caso nuevo», explica Jorge Sabbatin, docente del Magíster en Ingeniería Informática de la UNAB.
Esta capacidad permite desarrollar aplicaciones en diferentes ámbitos, entre ellos:
«Una predicción es tan buena como los datos que la alimentan: si el pasado estuvo sesgado, el modelo repetirá ese sesgo», advierte.
Por ello, sostiene que la inteligencia artificial debe entenderse como una herramienta de apoyo y no como un reemplazo del criterio humano.

Para explicar cómo funcionan los modelos predictivos, Jorge Sabattin desarrolló una aplicación interactiva basada en los registros históricos de los pasajeros del Titanic.
La herramienta permite ingresar características personales y obtener una estimación de las probabilidades de haber sobrevivido al naufragio.
El modelo considera variables como:
Sin embargo, el ejercicio también permite comprender uno de los principales desafíos éticos de la inteligencia artificial: los algoritmos pueden reproducir las desigualdades presentes en los datos utilizados para entrenarlos.
«Un algoritmo puede reproducir una injusticia si nadie se detiene a preguntar de dónde vienen los patrones que aprendió», explica el docente.
Conoce la aplicación interactiva aquí: ¿Habrías sobrevivido al Titanic?
Una de las aplicaciones que investiga Jorge Sabattin es el uso de inteligencia artificial para contribuir a la detección temprana de incendios forestales.
Se trata de Ojos en el Cielo, un proyecto que propone utilizar drones coordinados, cámaras térmicas y modelos de inteligencia artificial para identificar posibles focos de fuego.
La solución propuesta contempla diferentes componentes tecnológicos:
El objetivo es detectar oportunamente los focos de incendio y facilitar una respuesta más rápida ante estas emergencias.
«La ventaja principal es el tiempo: detectar antes significa combatir un fuego cuando todavía es pequeño, con menos recursos y menos riesgo para brigadistas y vecinos», sostiene el académico del Magíster en Ingeniería Informática.
Sabattin explica que factores como las condiciones ambientales, la conectividad y las limitaciones energéticas pueden afectar el funcionamiento de una solución tecnológica.
«Entrenar un modelo que funciona bien en el computador es, muchas veces, la parte más fácil. El verdadero desafío empieza cuando ese modelo sale al terreno», afirma.
En este contexto, identifica aspectos fundamentales para garantizar la confiabilidad de los sistemas:
«En una emergencia, una falsa alarma cuesta recursos, pero un incendio no detectado puede costar vidas», advierte el docente.
El avance de la inteligencia artificial exige profesionales capaces de combinar conocimientos tecnológicos con una comprensión profunda de los problemas que buscan resolver.
Según Jorge Sabattin, la formación técnica debe considerar programación, estadística, matemáticas, manejo de datos e ingeniería de software.
También destaca la creciente importancia de comprender la infraestructura tecnológica, los servicios en la nube y los dispositivos embebidos.
«Lo que marca la diferencia son las habilidades que van más allá del código. La primera es saber formular bien el problema: escuchar a quien lo vive, entender su contexto y no enamorarse de la tecnología antes de entender la necesidad», explica el académico del Magíster en Ingeniería Informática.
«En mi curso los estudiantes no resuelven un ejercicio con respuesta conocida: toman un problema abierto y recorren el ciclo completo, desde obtener y limpiar los datos hasta construir un modelo, evaluarlo y comunicar sus resultados a quien debe tomar decisiones», señala.
Asimismo, destaca el aporte de las asignaturas Seminario de Grado I y II, donde los estudiantes desarrollan trabajos propios durante dos semestres.
«Mi rol como docente es acompañar ese camino y exigir rigor: que validen sus modelos, que se pregunten por los sesgos y que piensen en quien va a usar la solución», sostiene.
De esta manera, el Magíster en Ingeniería Informática de la UNAB vincula la formación académica con el desarrollo de proyectos aplicados, promoviendo competencias para enfrentar desafíos tecnológicos.
«Los mismos desafíos que enfrentamos en proyectos como Ojos en el Cielo los viven ellos en sus trabajos. Esa es la mejor preparación para salir a innovar», concluye el académico.